Kapitel eins
Es un instante. Ese instante donde todo se sabe. Uno no sabe muy bien porqué, pero se sabe. Quizá su forma de caminar, quizá la manera en que te mira, las miradas se cruzan o sonríe en el instante idóneo. Sea lo que sea, se sabe. Y uno solo puede aceptar dos opciones: esa persona logrará destruirte por completo o te hará la más feliz del mundo. Siempre se reza por la segunda opción aunque hay algo que haría a cualquiera sumergirse en la posibilidad incluso si esa la primera opción asegurada desde el principio.
Fue un cruce de miradas en el caso de Olga. Un chico encima de un escenario con su guitarra cantando al amor que no había podido sentir. El primero que ponía sus ojos en ella y no le quitaba los ojos de encima durante más segundos de lo que uno podría llamarlo casualidad. Porque no podía ser casualidad.
Dieciséis años simplemente. Qué joven para no dejarse seducir ante la idea del amor.
Se perdió entre las chicas mientras la canción llegaba a su fin. Necesitaba algo de beber. Había tentado demasiado a la suerte. Demasiadas canciones cantadas a pleno pulmón. El grupo Die Verzauberung estaba arrasando desde que se había creado. Sus canciones dejaban mostrar aquella frustración de jóvenes que tan solo querían escapar de las rutinas y olvidarse por un instante de las diferencias. El sentido del deber desaparecía cuando las canciones prometían un amor imposible, la idea de que la sangre no provocaba más satisfacción que el deseo mismo de algo que no era aceptado por quienes tenían que intentar llevarlo a término y se transformaban finalmente en padres que les inculcaban a sus hijos sus deberes con la familia.
Se hizo con una bebida, de esas que siempre le impedían tomar en su hogar. Aquel día se estaba permitiendo hacer cosas que el resto de su vida no. No entendía muy bien porqué no lo había hecho antes. Quizá porque su hermanastro no había llegado a colmar su paciencia como aquel día. No quería pensar en eso, tampoco en las palabras tan hirientes que le habían dejado una imborrable huella. Era, ante todo, la única persona a la que no le quería seguir permitiendo hacer consigo lo que deseara.
Al finalizar la canción, un nuevo grupo subió al escenario. Otro grupo de chicos y chicas que con un género de música distinto, buscaban llegar a los corazones de aquellos adolescentes que también estaban pidiendo ser comprendidos en situaciones que no estaban dispuestos a admitir. La música era el refugio y reclamo, pero nadie iba a cambiar nada entre acordes.
Se pensó un par de veces si regresar a su hogar. No tenía mucho más que hacer allí. No había sido invitada por nadie, pero se había saltado esa norma.
—Así que te escondes aquí.
La voz le sobresaltó y provocó que diese un ligero traspiés cuando se giró. Cabello largo, mojado por el sudor de los focos y el esfuerzo de tocar la guitarra; mirada brillante, sonrisa coqueta, piel algo perlada y la respiración fatigosa. ¿Habría llegado corriendo hasta allí?
—Temía que si tardaba un poco más no fuese a verte.
Miró por encima de su hombro esperando encontrarse con alguna chica o chico al que estuviese hablando y que ella se hubiese dado por aludida sin deber, pero no había nadie justo detrás de ella.
—¿Te lo vas a terminar? —preguntó el cantante señalando a la bebida que tenía entre manos. Olga se limitó a negar antes de entregársela.
Poco a poco fue desapareciendo en el interior de su garganta. Estaba fría, lo sabía, pero debía estar tan sediento o tener tanto calor que le daba igual. Se quedó contemplando cómo se quedaba sin líquido y finalmente dejaba escapar ese sonido de satisfacción tras terminarse una bebida que su padre siempre le había dicho que era algo de muy mala educación.
—Si me dices tu nombre, te prometo que te invito a otra.
Parpadeó confusa, en más de una ocasión y negó reiteradas veces. El cantante frunció el ceño con la sonrisa aún en los labios y se inclinó hacia ella.
—No puedo creerme que la única chica guapa de todo este lugar, sea la única que no quiera decirme cómo se llama. ¿Cómo puedo tener tan mala suerte? Ni tan siquiera he podido escuchar tu voz.
—¿De verdad se está refiriendo a mí?
El cantante alzó las cejas dispuesto a soltar una carcajada, pero se contuvo. Había algo en el rostro de la joven que le indicaba que no le estaba engañando.
—Claro que me refiero a ti. Eres la chica más hermosa que he visto en mi vida.
Olga enrojeció tanto que las mejillas le dolieron temerosas de no soportar aquella carga. Agachó la mirada dispuesta a alejarse un par de pasos de él. Sin embargo, no pudo ir demasiado lejos porque en su campo de visión apareció ese rostro con los cabellos aún húmedos y una sonrisa de oreja a oreja.
—Prometo mantener los cumplidos al mínimo, pero dime cómo te llamas, por favor.
Debido a que era más baja que él, Fischer no pudo evitar reírse al imaginar cuánto había tenido que agacharse.
—Olga.
Alzada la mirada, el cantante también se irguió cabeceando como si estuviera aprobando su nombre.
—Un gusto, Olga. Soy Sven.
Una mano extendida, la estrechó y notó ese estremecimiento propio de la atracción. Sven era guapo, realmente guapo. No había conocido a un chico como él. Su cabello largo marcaba las facciones más endurecidas que las del propio rostro redondeado. Aunque lo que más llamaba la atención era ese aura que le envolvía. Era de esa clase de chicos que uno sabe que no debe dejar que crucen la puerta. Los típicos vividores que no eran buenos para nada según el mandato familiar.
—Lo mismo digo.
Volver a escuchar su voz aumentó la sonrisa y, por primera vez, Fischer se sintió como alguien que querían escuchar, entender, tener en el centro de la sala como si solo fuese ella importante. Eso era peligroso, más aún ante alguien que tenía tantas carencias en ese sentido que sería imposibles narrarlas todas.
—Bueno… Olga, ¿qué es lo que haces aquí?
—He venido a escuchar música como todo el mundo.
Sven se acercó de nuevo a pedir un par de bebidas y mientras esperaba que le diesen lo que había pedido para ambos, la misma copa que se había bebido por la seda, la contempló con cierta diversión.
—Te he visto cantando todas las canciones. ¿Nos habías escuchado antes?
—En realidad, no. Es mi primer concierto, si te refieres a escucharos en vivo. Tengo vuestro álbum. Una de mis primas me lo regaló en su intento de ponerme al día en la música real que escuchan los jóvenes hoy en día.
—¿Música real? —No reprimió una carcajada—. ¿Y qué escuchas?
Agachó la mirada porque siempre le daba vergüenza tener que admitirlo. Desde niña, en su hogar, solo se podía escuchar un tipo de música. No había posibilidad alguna de que su padre fuese a aceptar escuchar nada que considerase abominable, así que aquel álbum lo había podido oír a escondidas tan solo.
—Música clásica.
Esperó escuchar las risas, aunque estas no llegaron nunca. Volvió a mirarle sorprendida.
—Me gusta bastante. Es más, la necesito para desestresarme. Me ayuda a componer, además. Tengo cierta fascinación por Bach. Suele ser quien más me inspira.
—¿Escucha música clásica? —Su sorpresa era tan evidente que se dejó ver sin problema en el tono de su pregunta.
—¿Te sorprende?
—Normalmente se ríen cuando digo que es lo único que se escucha en casa.
Sven le entregó un vaso en cuanto se los sirvieron y con aquella sonrisa coqueta suya, le fue imposible no mostrar cierto deje de placer al confesar algo.
—Solo los ignorantes no se dan cuenta que sin la música clásica no estaríamos donde estamos. Evolucionamos y cuando solo escuchas con los oídos es cuando la música clásica te deja indiferente. Quien realmente sabe escucharla reconoce su belleza antes de cualquier otro género.
Fue algo, esa forma en que dijo belleza mirándola a los ojos. Esa extraña manera de hablar o de ser diferente, pero Olga supo que estaba en verdaderos problemas.